El complejo tiempo de la pandemia trajo muchos retos a quienes trabajamos pensando cómo deben ser las viviendas de nuestro tiempo. Una de las novedades que vino para quedarse es el teletrabajo. Otra más circunstancial, el notable encarecimiento de los costos de construcción consecuencia de la crisis de suministro, que además ha perdurado en los años posteriores.
Este contexto nos llevó a mirar desde otro ángulo, pensando nuevos formatos de viviendas para nuevas formas de vivir, en un mercado inmobiliario mucho más ajustado.
Este no es un proyecto, sino el desarrollo de un sistema formado por viviendas-células que puedan alojar distintas formas de convivencia entre el trabajo y la vida. Unidades de 30 m² que pueden, si lo necesitan, segregar un espacio para despacho profesional sin que un visitante vea el resto de la casa. O unidades de dos habitaciones de 45 o 60 m² de las que una podría eventualmente segregarse con un acceso independiente, ya sea para alojar una oficina, dar independencia a un hijo mayor o para alquilar ese espacio.
Estas células encajan entre sí generando distintas posibilidades de mutación del proyecto arquitectónico según sea la demanda.
Su puesta en práctica ocurre en un terreno alargado entre medianeras. Las células se giran 45º para abrir vistas diagonales evitando miradas cruzadas entre distintas unidades.
La geometría diagonal, repetitiva y rítmica modula, simplifica y abarata una construcción pensada para muros de carga. Estos muros de 10 plantas de altura llegan hasta un estacionamiento subterráneo de singular traza que facilita el aparcamiento de los coches minimizando sus giros.












